Cogí sus manos, completamente blancas y frías, y las acaricié con delicadeza.
Su piel era tan suave como el algodón o las plumas de sus alas, y el tacto de nuestras manos me hacía estremecer un poco. Aunque a él también.
-A mi me da igual, ¿sabes? -le dije, acercando su mano a mi cara, aún sujetada por las mías. -Nunca me va a importar como seas por dentro o por fuera, yo te quiero igual.
Entonces me abrazó. Fuerte, muy fuerte. Y yo me aferré a él, con la intención de no soltarlo... que estuviera conmigo por siempre.
-¿No te aterra que no sea como tú? -se separó un poco, para poder mirarme a los ojos, pero sin soltarme todavia. Clavó sus hermosos ojos azules en los mios, color miel. Aunque parecía que los había clavado en mi corazón.
-Claro que no. Antes posiblemente si, pero ahora no y tampoco nunca.
>>Te quiero demasiado para asustarme de ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario