Cuando llegó al final de la escalera, bajando el último escalón que le quedaba, observó la habitación detenidamente, sin moverse, a la vez que acariciaba su pelo y lo echaba hacia atrás, dejándolo caer sobre el resto de mechones rubios que componían su melena rizada.
Al ver algo moverse en el salón principal, se acercó a aquella sala, que más que la típica salita de la casa de una familia feliz, normalmente repleta de butacas y con algún que otro sofá, todo junto a una mesa camilla justo en frente de la televisión; parecía un museo de arte, debido a que estaba lleno de cuadros y esculturas.
Se asomó para mirar más de cerca, pero al no poder percibir nada visualmente, se alejó.
Entonces fue cuando lo volvió a escuchar. Regreso aquella melodía que había estado sonando los últimos días atrás y la cual no sabía de donde venía.
Entonces fue cuando aceleró el paso, casi corriendo, hacia el salón y se encontró con que...
No había nadie.
Y se notaba porque ya no notaba el sonido producido por las teclas en el ambiente, en esos momentos de penumbra.
Se acercó al piano, negro azabache y brillante, ya que la fámula había pasado hace poco por aquella sala con su plumero. Se sentó, levantándose su larga falda delicadamente y, después de acomodarse, empezó a tocar, intentando imitar la melodía anónima que siempre oía.
Pero era inútil, era desastrosa y deprimente comparada con el virtuosismo de su autor desconocido.
Decidió irse de allí, un poco desanimada por su meta fallida de conseguir descubrir al pianista misterioso.
Subió a su cuarto, y, al recostarse en su cama deshecha y placentera cama, volvió a escucharla. Sí, aquel sonido celestial que a ella tanto la relajaba.
Pero no quiso regresar a abajo. ¿Para qué? Prefería quedarse tranquilamente en su habitación deleitándose con aquella divinidad, en vez de perder su tiempo libre, que era escaso, en buscar lo no encontrable.
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