''No todo es como pensamos. Recuerda que las cosas injustas también existen, querido amigo.''

lunes, 16 de mayo de 2011

La melodía.

Descendió las escaleras de la casa con paso lento, evitando producir cualquier ruido debido a lo mucho que rechinaban aquellas escaleras tan deterioradas y desgastadas por el tiempo.
Cuando llegó al final de la escalera, bajando el último escalón que le quedaba, observó la habitación detenidamente, sin moverse, a la vez que acariciaba su pelo y lo echaba hacia atrás, dejándolo caer sobre el resto de mechones rubios que componían su melena rizada.
Al ver algo moverse en el salón principal, se acercó a aquella sala, que más que la típica salita de la casa de una familia feliz, normalmente repleta de butacas y con algún que otro sofá, todo junto a una mesa camilla justo en frente de la televisión; parecía un museo de arte, debido a que estaba lleno de cuadros y esculturas.
Se asomó para mirar más de cerca, pero al no poder percibir nada visualmente, se alejó.
Entonces fue cuando lo volvió a escuchar. Regreso aquella melodía que había estado sonando los últimos días atrás y la cual no sabía de donde venía.
Entonces fue cuando aceleró el paso, casi corriendo, hacia el salón y se encontró con que...
No había nadie.
Y se notaba porque ya no notaba el sonido producido por las teclas en el ambiente, en esos momentos de penumbra.
Se acercó al piano, negro azabache y brillante, ya que la fámula había pasado hace poco por aquella sala con su plumero. Se sentó, levantándose su larga falda delicadamente y, después de acomodarse, empezó a tocar, intentando imitar la melodía anónima que siempre oía.
Pero era inútil, era desastrosa y deprimente comparada con el virtuosismo de su autor desconocido.
Decidió irse de allí, un poco desanimada por su meta fallida de conseguir descubrir al pianista misterioso.
Subió a su cuarto, y, al recostarse en su cama deshecha y placentera cama, volvió a escucharla. Sí, aquel sonido celestial que a ella tanto la relajaba.
Pero no quiso regresar a abajo. ¿Para qué? Prefería quedarse tranquilamente en su habitación deleitándose con aquella divinidad, en vez de perder su tiempo libre, que era escaso, en buscar lo no encontrable.


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